Ese mismo sentimiento me invadió de nuevo este fin de semana. Al bajar del avión, los paisajes, el tren, sus paradas, su aire... me envolvieron de nuevo y tuve la sensación de estar retenida en el tiempo. De no haberme ido nunca. Y es que, al pensarlo, me doy cuenta de que aún no hace un año desde que dejé la ciudad. Y la dejé precisamente por lo mismo por lo que ahora me trae de vuelta... Debe de ser algún tipo maldición bendita.
La primera vez que llegué a Munich tenía sólo 19 años. Llegaba a mi segunda Erasmus y no sabía lo que me esperaba... ¡por suerte! porque si lo llego a saber, con lo bobalicona que era, igual me doy media vuelta. Por suerte no lo hice y allí, como todo buen Erasmus, viví experiencias involvidables. Días enteros para dedicar a uno mismo, a hacer tuyas las calles y, sobre todo, de los compañeros, amigos.

La segunda vez que llegué a Munich fue fruto de un deliberado accidente. Tenía ya 23 y me esperaba una aventura diferente en el mismo escenario. Las calles (ya mías) eran las mismas. Pero esta vez, por suerte, también haría mías a algunas de sus gentes.

Y ahora, de nuevo, el vino me trajo de vuelta este fin de semana. Volví a ver a su gente, a pasear por sus calles, a coger sus metros y a comer su comida. Munich me abrazó de nuevo y tuve la certeza de estar en un lugar que ha marcado mi vida. Una ciudad eterna a la que siempre volver.

La próxima vez, en primavera. :-)
1 comentario:
LOreeenaaa!!!Me ha encantado te "retrospectiva Munichiense", con sus fotitos y todo. Y las fotos de Halloween, no comments...
oye, se que un dusseliano vendrá por acá¡ tu te animas o qué?
un besazoo
clarithai
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